Para sentarse juntos, mirarse a los ojos y sentir lo que no se puede explicar. Cuando, como cada año, me reuní con las viudas y huérfanos de las FDI, sentí de nuevo el dolor que no tiene fin. La ausencia que permanece en el hogar, en la silla vacía, en la voz que no regresa. Les dije que yo también conozco esta fractura de cerca, el momento en que la vida se interrumpe de golpe, pero también el camino largo y silencioso en el que uno aprende a respirar de nuevo. Lenta, casi imperceptiblemente, la vida vuelve a entrar, y también hay momentos de luz, incluso de alegría. Es difícil creerlo ahora, lo sé, pero dentro de todo esto hay una verdad que no se suelta: no es en vano. Las queridas personas que hemos perdido son la razón por la que estamos aquí, son quienes sostienen la larga cadena de nuestro pueblo. Y con todo el dolor y el recuerdo y todo lo que falta, hay una cosa que no se les puede quitar: el conocimiento de que sus heroicos padres son quienes garantizan la eternidad de Israel.
Hay momentos en los que no hay nada que decir.
Foto de la Oficina del Primer Ministro del 20 de abril de 2026
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